Martin Edwin Andersen – Writer. Historian. Strategic Communications Specialist

Human Rights Portal, Martin Edwin Andersen, Strategic Communications Specialist.

En cuanto de Derechos Humanos, “siempre tenés que jugar en
línea recta.” – Patt Derian, héroe y profeta de la Administración
de Jimmy Carter.

 

El libro de Gaby Levinas , Doble agente. La biografía inesperada de Horacio Verbitsky , llega en un momento delicado.

En las Naciones Unidas, el confidente de Verbitsky, Juan E. Méndez (son amigos comunes con Nilda Garré) busca poner en enjuiciamiento criminal por torturas a un ex vicepresidente de Estados Unidos (Dick Cheney) y a miembros de alto rango de las agencias de inteligencia de ese país.

En Buenos Aires, Cristina Kirchner, aliada y admiradora de Vladimir Putin—cuyos antepasados soviéticos hicieron negocio, al igual que la presidenta argentina y su marido , con guerrilleros sucios de Buenos Aires— busca dejar su cargo en la Casa Rosada pero mantenerse en el poder.

Mientras tanto, Francisco, el papa latinoamericano de la Iglesia de los pobres, empaca sus maletas para visitar la democracia de mayor duración del mundo, un evento que estará cubierto por periodistasde los medios, entre otros, The Guardian y The New York Times, un cuarto poder a sabiendas de la “cama” de Verbitsky y sus reclamaciones falsas —y nunca corregidas— sobre el maestro jesuita.

El libro de Levinas pinta un cuadro de l entonces “Perro” Verbitsky para demostrar cómo se deben contar tanto los hechos, cómo son las ideologías politizadas en todas partes del mundo. A raíz de andanzas de Horacio, que eran precisamente los derechos humanos y la lucha contra la corrupción los que—como la Verdad—fueron víctimas de las diversas “guerras” sucias del ahora desacreditado “Topo” desde su propia villa miseria.

Por lo tanto, este supuesto paladín contra la  corrupción fue, según Levinas, durante uno de los más terribles regímenes militares—que el propio Verbitsky apoyaba vigorosamente—un periodista que supo “cocinar” de manera fraudulenta los libros de un medio de comunicación para beneficio personal. (“Rotenberg detectó las facturas en la rendición de cuentas del viaje. Estos son gastos personales tuyos, ¡el diario no tiene por qué pagarlos!’, gritó, escandalizado.” pp. 66-67).

También hay que destacar lo que dicen las personas cercanas al jefe de inteligencia montonero Rodolfo Walsh, quienes acusan a Verbitsky de “otro caso de exitoso plagiario.” (“Heredero y albacea de Rodolfo Walsh por decisión propia, se convirtió en el verdadero viudo del autor de Operación Masacre, desplazando a  los familiares de su ex
jefe. Se quedó con sus archivos y, como veremos más adelante, hasta con los derechos de un libro, Ezeiza, cuya investigación fue realizada por Susana ‘Pirí’ Lugones y Walsh, entre otros.” pp. 16, 184, 228-230).

Levinas se destaca al demostrar cómo Verbitsky ha secuestrado a sabiendas el modelo argentino mundialmente alabado de mini-Nuremberg , transformándolo en un negocio —Derechos Humanos SA— rentable, extraordinariamente politizado, y vigente para un solo lado.

Muestra de ello es el “Caso Juliana” (pp. 197-206), una historia vinculada a hijos de desaparecidos —y una chica que específicamente no lo era—, utilizados como meros dispositivos de marketing. O cómoVerbitsky maltrató al fundador del grupo de derechos humanos CELS, Emilio Mignone (otro verdadero héroe a quien mi primer libro
está dedicado en parte, pp. 171, 247, 250, 252-253).

Su crítica fue condescendiente, tanto de las Madres como las Abuelas de Plaza de Mayo, alegando—a la DDHH sa—el modelo de distancia y ecuanimidad (pp. 341-342).
(Que hubo víctimas inocentes—algunos que fueron niños—a la locura y bajeza moral del ex-Perro al parecer ha hecho poco para influir en el extraordinario y tal vez auto-interesado respeto dado a Verbitsky por la página Op-Ed del New York Times; The Guardian—promotor del leaker Edward Snowden, protegido por Putin, ese prócer ruso de los derechos humanos y la libertad de expresión— y su corresponsal en Buenos Aires Uki Goñi, y el abogado “¡Fui torturado!” del ONU Juan E. Méndez. La ausencia de critica en particular de los periodistas es una lección importante, incluso si sólo era la ignorancia, que para la profesión no es, o no debe ser, una excusa.)

Su ladrido de Perro reducido al zumbido de Topo… Verbitsky ahora sugiere a través una línea de la rata (ratline) con el Buenos Aires Herald: “Tuve poca influencia en Montoneros”—lo que sólo puede ser entendido como su forma extremadamente ágil de tocar un acordeón de sus responsabilidades, dependiendo de la audiencia.

Esto, de alguien que se jactó haber sido en varias ocasiones el “canciller” o “embajador” montonero en Perú, una ranura crítica en las relaciones de la guerrilla con Cuba y en los secuestros extorsivos de Walsh y otros compañeros. Como explica el colega montonero
Miguel Bonasso: “Horacio era el representante de la Orga en Lima, era como una especie de virrey” (p. 115).

Al mismo tiempo, los que tienen sus mentes en funcionamiento recordarán—algo que fue especialmente evidente durante la guerra de Malvinas/Falkland— la estrecha relación siempre mantenida entre los ejércitos de Perú y la Argentina; una posición claramente sostenida por el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del Perú,
del General Francisco Morales Bermúdez, suministrado (¡sorpresa!) por la Unión Soviética.

Es más: en función de cuál sea su audiencia, Verbitsky afirma que, obien abandonó voluntariamente la organización Montoneros, o fue expulsado; que nunca abandonó Argentina, o que él fue de veras exiliado (pp. 137-139).

Con importantes militantes montoneros que terminaron siendo aliados y amigos, que fueron capturados en 1977 y con muchos de ellos torturados —lo hicieron con el inocente Juan E. Méndez en 1976, a quien acusaron de ser un abogado defensor de los derechos humanos, ¿no?— ¿no es extraño que ningún compañero habló a sus
captores, traicionando así el paradero de un Virrey Verbitsky clandestino?

“El hecho de que Verbitsky siga presentándose aún hoy como albacea y heredero de Walsh pero sin hacerse cargo de ninguna de las operaciones en las que estuvieron involucrados resulta, cuando menos, curioso,” subraya Levinas (p. 139).

Al final de 1975, cuando era inminente el golpe militar contra Isabel Perón, el Topo regresó a Buenos Aires y permaneció en la Argentina durante toda la dictadura, circulando con su propio nombre y—hasta el final de 1977—participando como un jefe de inteligencia montonera. Oscar Camilión, uno de mis mejores contactos en la
centroderecha portena, ex canciller de los militares, me dijo que Horacio iba a Clarín a hablar con él en pleno Proceso. Y por esa misma época el fresco ex-Montonero frecuentaba la oficina de Brigadier Güiraldes, ubicada en la calle Paraguay al 700, a escasos metros del Círculo de la Fuerza Aérea.

Los hechos ofrecidos por Levinas hacen su prueba documental en la relación del Topo con Güiraldes y la Fuerza Aérea Argentina… una “crème de la crème” de un delicioso pastel (aunque sea de un perfil asqueroso).

Ya a comienzos de la década del 70, el ocasional aliado del Perro, Rogelio Frigerio, sentenció: “No importa qué escriba Horacio porque es doble agente,” a lo que agregó Levinas del jefe del MID: “Sabía perfectamente con qué bueyes araba.” (p. 69; una primicia, obviamente, desaparecida para The Guardian y compañía).

Claramente, Güiraldes no era un apasionado defensor de los derechoshumanos, instando al embajador israelí durante la “guerra” sucia que no debe estar involucrado en casos de judíos argentinos desaparecidos como consecuencia del régimen neonazi. Fue una
posición moralmente equivalente a la masacre del Bosque de Katyn durante la alianza germano-soviético a principios de la Segunda Guerra Mundial… unas ideologías supuestamente opuestas, pero no tanto.

Llamativo es también el hecho de que el Buenos Aires Herald, cuya chapa es esencialmente ahora propiedad kirchnerista, ofrezca los dichos del Brigadier Omar Graffigna, un Franz Von Papen argentino que cumple prisión domiciliaria por haber sido parte de una de las juntas militares del Proceso, con la intención de absolver con bombos
y platillos al Topo.

No notó el Herald una cosa que en otra ocasión estaría disfrutado como miel de parte de los Kirchner, los Méndez, los Goñi, y Compañía (no exactamente de Jesús): el anciano Graffigna corre el riesgo de perder el beneficio de purgar su pena en su casa si sale contra el gobierno de turno. (El asistente de Richard M. Nixon, el Reverendo Charles Colson, dijo una vez: “Cuando los tienes por las pelotas, sus corazones y sus mentes seguirán.” ¿Versión yanqui del Topo?).

En cuanto de las acusaciones fraudulentas que Verbitsky hizo contra el Papa Francisco cuando este fue jefe de los jesuitas argentinos—una denuncia espeluznante promovida por The Guardian y otros medios de comunicación más importantes—, el caso del Padre Carlos Mugica es clave; un asesinato que, como dice Levinas, “marcó el jacobinismo de Verbitsky” (p. 88-96). 

Mientras que es probable que el Padre Mugica fuera asesinado por órdenes de José López Rega y no por los Montoneros, el hecho de que los tontos útiles de la Organización creían que lo hicieron, y lo justificaron, habla elocuentemente también de las lealtades y los valores del Topo. Tal vez Dios los cría, pero ellos son los que se juntan. Sin embargo, aunque Goñi se presenta a sí mismo como un gran erudito sobre el papel del Vaticano en la organización de “línea de ratas” —rutas de escape—, para los delincuentes fugitivos y
colaboradores nazis, poco y nada escribe sobre el papel “periodístico” de Verbitsky durante el asesinato de Mugica y el efecto que podríatener sobre las cuentas ficticias actuales del Topo respecto de la vida del Papa Francisco durante la “guerra” sucia.

Levinas ofrece un buceo real al submundo argentino—i amici degli amici—dando una luz brillante a rincones que aún los genios de Hollywood tendrían dificultad en mejorar. La politización de derechos humanos es, a la vez, visto por los violadores como la mejor
forma de auto-defensa. El caso de Juan Alberto Gasparini es particularmente llamativo.

Mientras en España abogados de Izquierda Unida y el Equipo Nizkor luchaban para que el testimonio de Capitán Adolfo Scilingo sobre la actuación de los colaboradores de la Escuela Mechanica (ESMA) fuera permitido en la Corte, Gasparini y otros pelearon ferozmente para impedirlo. Explica Levinas, aludiendo a “los insondables misterios de la omertà montonera” (pp. 267-268):

“El juez concluyó que Gasparini intentaba evitar que se conocieran ‘pruebas o testimonios que lo podrían vincular con el Almirante Massera o con el golpe de estado que tuvo lugar en Bolivia en el año 1980’. El Equipo Nizkor señaló también que ‘prestigiosos organismos de derechos humanos de varios países disponen de suficientes pruebas, con algunos testimonios escritos, que señalan a Gasparini como colaborador del Almirante Massera antes de 1978 y cómplice en 1980 en el golpe de estado de García Meza en Bolivia,’ hecho que habían comenzado a investigar en ese país a causa del asesinato del líder socialista boliviano Marcelo Quiroga Santa Cruz, a manos de ‘esbirros de la Escuela Mecánica de la Armada […] y varios colaboradores voluntarios del entonces Ministro de Relaciones Exteriores argentino’”.

(Curiosamente, el narco-militarismo derechista de García Meza fue más de tres décadas anteriores al narco-marxismo de Evo Morales, aunque ambos tenían un hilo argentino demasiado común.)

Las primicias y los análisis importantes de Levinas son demasiado extensos para enumerar aquí. Pero su gran visión y contribución es que, a lo largo de su carrera, Verbitsky parece modificar la famosafrase del General Juan Perón—”En la política, cuando estás a punto de girar a la derecha, hacé la señal a la izquierda.”

En el caso del Topo —peronista de ayer y hoy— sería: “Reclama (jurando que la has tomado) la carretera más alta (high road), pero usa como costumbre las más bajas.”

Como escribí hace 12 años en “Claudicaciones éticas por mayor: El ‘Proceso’ de educación, (o como encontré el ‘pero’) de Horacio ‘El Perro’ Verbitsky”: “Lo que define a Horacio Verbitsky ahora es que parece que le molesta sobremanera que le midan con la misma vara con que él define a los demás. Pero justamente es ese rol el que sigue
dando qué hablar, y debería estar bañado de honestidad por él. Ello, si quiere hacer un aporte real a un país que todavía necesita sincerarse con su tremendo pasado.”

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